REVESCO. Revista de Estudios Cooperativos. ARTÍCULOS
e-ISSN: 1985-8031
Rosita Giove
Universidad
Politécnica de Madrid (España)
José M. Diaz-Puente
Universidad
Politécnica de Madrid (España) ![]()
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Judith Cruz Sánchez
La Otra Cooperativa (Guatemala)
https://dx.doi.org/10.5209/REVE.104785 Recibido: 19/06/2025 • Aceptado: 20/08/2025 • Publicado: 06/10/2025
ES Resumen. Este artículo analiza los procesos de empoderamiento de mujeres rurales en el marco de la creación de la cooperativa cafetalera IX AXOL, en el noroccidente de Guatemala. A partir del reconocimiento de las desigualdades estructurales de género en el ámbito agrícola, el estudio se enfoca en las trayectorias de transformación que emergen cuando las mujeres se integran a una organización en su fase inicial, donde aún se están configurando relaciones, liderazgos y marcos de acción compartidos. Mediante un enfoque cualitativo y participativo, se realizaron entrevistas semiestructuradas y talleres participativos que permitieron recoger información situada y generar espacios de reflexión colectiva. El análisis, basado en un marco que contempla las dimensiones personal, relacional y contextual del empoderamiento, revela avances significativos en autoestima, participación comunitaria y apropiación progresiva del espacio organizativo. Persisten, no obstante, condicionantes estructurales como el acceso limitado a la tierra, recursos productivos y servicios básicos. Los hallazgos muestran que el empoderamiento es un proceso interrelacional, que se construye colectivamente cuando existen contextos que reconocen los saberes previos, promueven el liderazgo emergente y generan valores compartidos. El estudio evidencia que, incluso en procesos organizativos emergentes, pueden generarse condiciones favorables para el fortalecimiento del reconocimiento mutuo, la participación activa y el desarrollo progresivo de capacidades colectivas.
Palabras clave. Empoderamiento multidimensional, mujeres rurales, procesos participativos, cooperativa, identidad colectiva.
Claves Econlit. Q13, J16, L31, P13.
ENG Empowerment of rural women in emerging organizational processes: the case of a coffee cooperative in Guatemala
ENG Abstract. This article analyzes the empowerment of rural women in the context of the creation of a coffee cooperative in northwestern Guatemala. Starting from the recognition of structural gender inequalities in the agricultural sector, the study focuses on the challenges and opportunities faced by women as they engage in an emerging organizational structure. Using a qualitative and participatory approach, the research seeks to understand how evolving organizational dynamics influence women’s autonomy, personal and social development, and socio-economic integration; to analyze the extent to which participation in the cooperative contributes to building decision-making capacities and strengthening collective cohesion and power; and to identify the factors that enable or hinder these processes in a context shaped by cultural, economic, and environmental barriers. Data were collected through semi-structured interviews and participatory workshops conducted at different moments within the cooperative’s initial phase of development. The findings reveal progress in self-esteem, sense of belonging, and community participation, alongside persistent limitations in access to productive resources and decision-making spaces. The study shows that even within emerging organizational processes, it is possible to create favorable conditions for strengthening mutual recognition, active participation, and the progressive development of collective capacities.
Keywords. Multidimensional empowerment, rural women, participatory processes, cooperative, collective identity.
Sumario. 1. Introducción. 2. Marco teórico. 3. Metodología. 4. Resultados. 5. Conclusión. 6. Referencias bibliográficas.
Cómo citar: Giove, R.; Diaz-Puente, J.M. & Cruz, J. (2025). Empoderamiento de mujeres rurales en procesos organizativos emergentes: El caso de una cooperativa cafetalera en Guatemala. REVESCO. Revista de Estudios Cooperativos, 151, e104785. https://dx.doi.org/10.5209/REVE.104785.
En las últimas décadas, las mujeres han comenzado a ocupar roles más formales y visibles dentro del ámbito agrícola, dando lugar al concepto de "feminización de la agricultura" (FAO, 2010). En este mismo contexto, las mujeres cafetaleras, tradicionalmente relegadas a una labor invisible en los procesos de producción, han ganado mayor protagonismo. Hoy en día, se estima que un tercio de los miembros de las cooperativas de café son mujeres (FAO, 2010; Lastarria-Cornhiel, 2006; Lyon et al., 2010; Pattnaik et al., 2018). Sin embargo, persisten barreras estructurales que limitan su participación plena y su acceso a beneficios económicos, sociales y organizativos (FAO, 2011; Jirgi et al., 2020).
La desigualdad de género en el acceso a recursos productivos y en la participación en espacios de decisión sigue siendo una constante, especialmente en América Central, donde las mujeres representan apenas el 20% de la fuerza laboral agrícola (FAO, 2011). Las normas culturales y los roles de género tradicionales restringen su acceso al mercado, limitan su influencia organizativa y reducen su capacidad de agencia (Harris-Fry et al., 2021). A pesar de ello, las mujeres rurales desempeñan un papel fundamental en la seguridad alimentaria, la generación de ingresos y la sostenibilidad comunitaria (FAO, 2015).
Numerosas investigaciones han demostrado que cerrar esta brecha no solo mejora la producción agrícola y la seguridad alimentaria (FAO et al., 2012; Johnson et al., 2016), sino que también fortalece el bienestar general de las mujeres y sus familias. En particular, se ha observado una relación directa entre el acceso equitativo a los recursos y mejoras en la salud y la nutrición infantil (Haddad, 1992; Malapit et al., 2015; Smith et al., 2003). Otros estudios destacan efectos positivos en la educación y el desarrollo infantil, vinculados al mayor control de las mujeres sobre los ingresos del hogar (Blumberg, 1988; Thomas & Chen, 1994). Además, se ha documentado que cuando las mujeres gestionan mayores proporciones del ingreso familiar, se priorizan gastos en alimentación, salud y educación (Gummerson & Schneider, 2013; Fairtrade Foundation, 2015).
En este sentido, el concepto de empoderamiento emerge como eje central para comprender cómo las mujeres pueden mejorar su posición dentro del sector agrícola. Aquí se entiende como un proceso de transformación individual y colectiva, mediante el cual las mujeres adquieren mayor autonomía, capacidad de decisión y poder de agencia (León, 2001; Rowlands, 1997). Al mismo tiempo, el cooperativismo se plantea como una estrategia organizativa con potencial emancipador, que promueve la acción colectiva, la participación democrática y el acceso equitativo a recursos y beneficios (Majee & Hoyt, 2011; Sharma & Shahi, 2022).
En este marco, resulta clave abordar el concepto de procesos organizativos emergentes. Se trata de formas de organización colectiva que surgen en etapas iniciales, cuando las estructuras normativas y los liderazgos aún no están plenamente definidos. Estas dinámicas, caracterizadas por su flexibilidad, incluyen elementos como la configuración de liderazgos, la construcción de normas compartidas, la generación de identidad colectiva y la distribución del poder. Según Rodríguez Gutiérrez (2006), las organizaciones emergentes son “expresiones complejas del desarrollo endógeno, que surgen de la interacción dinámica de actores locales, configurando estructuras organizativas flexibles, adaptativas y orientadas a responder a las necesidades del territorio desde sus propias capacidades” (p. 150). Desde una perspectiva sociológica, Long (2001) destaca que estos procesos no se desarrollan en el vacío, sino que emergen en la interfaz entre actores locales y estructuras externas, donde los sujetos reconfiguran activamente sus prácticas. Asimismo, Rico (2011) subraya que, en el caso de las mujeres rurales, estas formas organizativas representan espacios clave para la redistribución del poder, el fortalecimiento de capacidades colectivas y la ampliación de su agencia. En el contexto latinoamericano, y particularmente en México, Hernández Castillo (2008) ha documentado cómo los procesos organizativos de mujeres indígenas no solo responden a necesidades materiales, sino que constituyen espacios de resistencia cultural, reapropiación del territorio y construcción de liderazgos comunitarios desde formas no institucionalizadas.
No obstante, la mayoría de los estudios existentes se han enfocado en cooperativas consolidadas (Bilfield et al., 2020; Dash et al., 2020; Dohmwirth & Liu, 2020; Msosa, 2022; Pedroza-Gutiérrez et al., 2024; Salvador et al., 2018) dejando menos exploradas las etapas tempranas de formación organizativa. Este vacío representa una oportunidad para analizar cómo se gesta el empoderamiento en experiencias que están en sus inicios, donde los marcos normativos y relacionales aún están en construcción.
Asimismo, Kandi et al. (2025), a partir de una revisión sistemática de la literatura, evidencian una brecha significativa en la investigación sobre el empoderamiento de las mujeres en los sistemas de comercialización agrícola, especialmente en contextos rurales. Esta carencia de estudios comparativos refuerza la necesidad de documentar experiencias emergentes, donde las mujeres comienzan a posicionarse en redes organizativas y en procesos de toma de decisiones con impacto económico.
Este trabajo busca aportar a esa brecha analizando la experiencia de la cooperativa IX AXOL, conformada por mujeres cafetaleras del municipio de Petatán, en el departamento de Huehuetenango, Guatemala. El grupo ha venido trabajando de forma organizada desde hace tres años y, en 2025, se ha constituido oficialmente como cooperativa. Guatemala es un país donde el 9,4% del PIB y el 32% del empleo provienen del sector agropecuario (Banco Mundial, OECD National Accounts, 2021). Sin embargo, solo una de cada diez personas empleadas en este sector es mujer (INE, 2019). Además, según datos comparativos a nivel regional, la contribución femenina al ingreso familiar en el ámbito rural es una de las más bajas de América Latina y el Caribe (Ballara et al., 2010).
En este contexto, la investigación se plantea como objetivo comprender los procesos de empoderamiento vividos por las mujeres de la cooperativa IX AXOL en su etapa de conformación, a través de un análisis estructurado en dos ejes complementarios:
Por un lado, se busca analizar cómo se expresan las tres dimensiones del empoderamiento —personal, relacional y contextual— a partir de las experiencias compartidas dentro del espacio cooperativo.
Por otro, se propone examinar los factores que condicionan de manera diferenciada estas trayectorias de empoderamiento, tales como el rol organizativo, la situación conyugal, la tenencia de tierra o la trayectoria formativa, visibilizando tanto las desigualdades internas como las oportunidades para fortalecer el proceso colectivo.
Para ello, se empleó una metodología cualitativa, con enfoque participativo. Se utilizaron indicadores construidos a partir de dos marcos de referencia: el enfoque de Oxfam (Lombardini et al., 2017), que concibe el empoderamiento como un proceso multidimensional; y la propuesta de Larrauri et al. (2016), que orienta la formulación de indicadores en contextos rurales. A partir de estas bases, se adaptaron categorías analíticas como autoestima, capacidad de acción colectiva, acceso a redes de apoyo, participación colectiva y gestión sostenible de recursos.
El análisis temático de los datos recolectados permitió identificar patrones significativos en las tres dimensiones del empoderamiento. Los resultados muestran cómo las dinámicas cooperativas inciden en la capacidad de las mujeres para superar barreras sociales y económicas, fortalecer su autonomía y participar activamente en los procesos decisionales.
Para comprender el proceso de empoderamiento de las mujeres de la cooperativa, es necesario detenerse en algunos conceptos clave que permiten situar analíticamente esta experiencia. Estos se recogen en este apartado, junto con aportes teóricos sobre el empoderamiento de mujeres rurales y el cooperativismo como estrategia organizativa. El enfoque utilizado responde a la necesidad de interpretar el caso desde una perspectiva relacional y situada, que reconozca tanto las trayectorias individuales como las dinámicas colectivas que configuran el fortalecimiento organizativo y la construcción de poder en contextos rurales.
2.1. El empoderamiento femenino en el ámbito rural
El empoderamiento se ha consolidado como un eje clave para comprender las transformaciones necesarias en los sistemas agrarios y en las dinámicas organizativas de las mujeres rurales. En contextos donde persisten barreras estructurales que limitan su acceso a recursos, su participación en espacios de decisión y su capacidad de agencia (FAO, 2011; Harris-Fry et al., 2021), el empoderamiento se entiende como un proceso de transformación individual y colectiva que permite a las mujeres adquirir mayor autonomía, capacidad de decisión y control sobre sus vidas (León, 2001; Rowlands, 1997).
Según León (2001), el empoderamiento está íntimamente vinculado al concepto de poder, entendido como un proceso de superación que posibilita el desarrollo de fortaleza mental, habilidades prácticas y estabilidad financiera. Este proceso se construye mediante el aprendizaje, la resiliencia y la perseverancia frente a las dificultades. Se manifiesta en logros concretos, como la adquisición de capacidades, la autonomía económica y la participación activa en espacios de decisión. En esta misma línea, De la Cruz (1998) subraya la importancia de un enfoque de género que promueva el empoderamiento desde la participación y la organización colectiva, como vía para transformar las relaciones de poder desde abajo.
Siguiendo a Rowlands (1997), este estudio considera el empoderamiento como un fenómeno compuesto por tres dimensiones: (a) personal, referida al desarrollo de la identidad, la confianza y las habilidades individuales; (b) relacional, entendida como la capacidad de negociar e influir en las dinámicas sociales y familiares; y (c) colectiva, relacionada con la participación activa en estructuras sociales y en la acción conjunta orientada al cambio.
Estas dimensiones interactúan constantemente. La dimensión individual (a y b) implica procesos de recuperación de la autoestima y de la convicción de tener derecho a participar en las decisiones que afectan la propia vida. Muchas mujeres han interiorizado mensajes culturales de subordinación que afectan su percepción de valor y autoestima. En este sentido, promover el empoderamiento significa también acompañar procesos de toma de conciencia prolongados y complejos. En Colombia, por ejemplo, Benson y Zamora-Duque (2023) señalan que las asociaciones lideradas por mujeres y con trayectorias más consolidadas presentan avances significativos en capacidades productivas, comerciales y de gobernanza. Resaltan también el papel del acompañamiento técnico y la participación activa como pilares para el fortalecimiento organizativo. En esta misma línea, Abrisketa y Pérez de Armiño (2000) sostienen que, a menudo, las organizaciones deben iniciar su trabajo con colectivos que poseen un nivel mínimo de organización previa, como estrategia para reducir el riesgo de fracaso y construir procesos sostenibles.
Por su parte, la dimensión colectiva del empoderamiento se basa en la posibilidad de que personas en situación de vulnerabilidad participen y defiendan sus derechos de manera más efectiva al unirse en torno a metas compartidas (Abrisketa & Pérez de Armiño, 2000). Las cooperativas, en tanto formas consolidadas de organización colectiva, pueden ofrecer un entorno fértil para fortalecer esta dimensión. Sin embargo, este proceso no es automático ni homogéneo.
Como advierte León (2001), el empoderamiento “no es lineal, con un inicio y un fin definidos de igual manera para todas las mujeres o grupos de mujeres” (p.104). Por el contrario, varía según la trayectoria de vida, el contexto histórico y los múltiples niveles en los que se produce la subordinación: personal, familiar, comunitario, nacional o global.
En cooperativas emergentes como IX AXOL, donde las normas internas, los liderazgos y las identidades colectivas aún están en construcción, estas dinámicas resultan especialmente visibles y relevantes para comprender cómo se gesta, o se obstaculiza, el poder de las mujeres desde las primeras etapas de una experiencia organizativa.
2.2. Cooperativismo y equidad
El movimiento cooperativo ha sido reconocido a nivel mundial como un hito que ha contribuido significativamente al desarrollo económico de las personas (Dash et al., 2020). Actualmente, en muchos países en desarrollo, constituye una estrategia organizativa exitosa. En 90 países alrededor del mundo, más de 700 millones de personas son miembros de instituciones cooperativas (Singh, 2016).
Según la Alianza Cooperativa Internacional (1995), una cooperativa es "una asociación autónoma de personas que se unen voluntariamente para satisfacer sus necesidades y aspiraciones económicas, sociales y culturales comunes, a través de una empresa de propiedad conjunta y democráticamente gestionada" (p. 4). Esta definición, adoptada en el Congreso de Manchester, constituye hoy el principal marco doctrinal del cooperativismo a nivel mundial. La misma Declaración recoge también los valores de autoayuda, democracia, igualdad, equidad y solidaridad, junto con siete principios cooperativos fundamentales.
Estos principios no solo expresan valores fundamentales, sino que también ofrecen un marco práctico para promover la igualdad de género. En particular, los principios de adhesión voluntaria y abierta, control democrático por los miembros y compromiso con la comunidad se han vinculado a prácticas que favorecen una mayor participación de las mujeres en espacios de decisión y en la vida organizativa (Alianza Cooperativa Internacional – Región Américas, 2018; Henrÿ, 2005).
Como destaca la Alianza Cooperativa Internacional (2015), estos principios deben entenderse no solo como orientaciones éticas, sino como herramientas que se concretan en la estructura y la cultura de cada cooperativa. Esto implica fomentar la equidad de género en los órganos de gobierno, promover procesos inclusivos y crear condiciones para una participación plena y significativa.
Una perspectiva de género sobre el cooperativismo permite visibilizar cómo estas organizaciones de ayuda mutua pueden responder colectivamente a necesidades comunes sin explotación, basándose en relaciones de igualdad, equidad distributiva y reciprocidad (Sharma & Shahi, 2022).
A nivel internacional, se han documentado múltiples casos en los que el cooperativismo ha fortalecido el papel de las mujeres en la comercialización agrícola. En el sur de Etiopía, las cooperativas de papa han mejorado el acceso al mercado y los ingresos de las mujeres, incrementando su competitividad (Demisse et al., 2022). En Kenia, las cooperativas de aguacate han facilitado su inserción en mercados de alto valor, mejorando su reconocimiento social (Muriithi & Kabubo-Mariara, 2022). Asimismo, iniciativas comunitarias en México y Uganda han generado oportunidades de liderazgo y acceso a recursos de mercado, permitiendo a las mujeres superar barreras tradicionales de género y económicas (Akite et al., 2018; Pedroza-Gutiérrez et al., 2024). Estos esfuerzos evidencian el potencial transformador de las cooperativas en la promoción de la equidad de género dentro del sector agrícola.
En Guatemala, el cooperativismo tiene una trayectoria relevante en términos de generación de empleo, ahorro y producción. Las cooperativas activas en el país superan las 800, pero la participación femenina, aunque creciente, sigue siendo minoritaria (López & Mora, 2012). Esto plantea desafíos importantes sobre las condiciones necesarias para que las mujeres encuentren en estos espacios no solo oportunidades económicas, sino también verdaderos procesos de empoderamiento colectivo.
En este sentido, Cuadrado Siosy (2025) señala que las experiencias de cooperativismo impulsadas por comunidades indígenas en América Latina integran conocimientos ancestrales, sostenibilidad ambiental y gobernanza colectiva. Estos modelos no solo fortalecen el bienestar comunitario, sino que permiten a las mujeres posicionarse como actoras clave en la transformación de sus territorios, articulando economía solidaria, identidad cultural y autonomía.
En experiencias emergentes como la cooperativa IX AXOL, donde las normas internas y los marcos relacionales aún están en construcción, se abre una oportunidad única para observar cómo se configura la participación femenina, qué tensiones atraviesan los liderazgos incipientes y cómo se entrelazan las dinámicas colectivas con las trayectorias individuales de las mujeres.
Para poder llevar a cabo esta investigación y profundizar en los tres procesos de empoderamiento dentro de la cooperativa IX AXOL, se adopta un enfoque cualitativo con una orientación participativa. Este enfoque permite recoger las percepciones, experiencias y dinámicas colectivas emergentes en un contexto organizativo en formación. En los siguientes apartados se presenta, en primer lugar, el contexto local del caso de estudio y, posteriormente, la metodología empleada para el análisis.
3.1. Contexto local del caso de estudio
Guatemala presenta un alto grado de dependencia del sector agrícola y ganadero, lo que lo convierte en un país con una fuerte vinculación entre su estructura productiva y las condiciones de vida de su población rural. A pesar de la importancia del sector agropecuario en la economía nacional, persisten significativas desigualdades de género en el acceso a oportunidades laborales y en la distribución de ingresos.
Las actividades agrícolas y ganaderas contribuyen con el 9.4% del PIB del país (Banco Mundial & OCDE, 2021) y constituyen el 32% del empleo total en el país (65% en las áreas rurales). Sin embargo, solo una de cada diez personas empleadas en estas actividades son mujeres (INE, 2019) . La contribución de las mujeres al ingreso de sus hogares es igualmente una de las más bajas de la región, 26% (Ballarda et al., 2010). En Huehuetenango, solo el 6% de las personas que trabajan en este sector son mujeres (INE, 2018).
En este contexto, la Cooperativa IX AXOL, formada por 80 mujeres productoras de café en Petatán, en el departamento de Huehuetenango, Guatemala (fig. 1), se erige como el caso de estudio central de esta investigación. Estas mujeres han estado colaborando y estableciendo relaciones de cooperación durante los últimos dos años, y actualmente están en proceso de completar la formalización legal de la cooperativa. Respaldada por la ONG italiana AMKA Onlus, la cooperativa atraviesa una etapa crucial de crecimiento y consolidación, enfrentando desafíos derivados de barreras culturales, sociales, económicas y ambientales que podrían complicar este proceso.
El cooperativismo en Guatemala constituye un pilar fundamental para el desarrollo económico y social del país. Las 840 cooperativas activas generan empleo directo para más de 100.000 ciudadanos y contribuyen significativamente a la producción, el ahorro y las exportaciones nacionales. Además, su impacto se extiende a sectores estratégicos como la seguridad alimentaria, desempeñando un papel clave en la sostenibilidad de las comunidades rurales (López & Mora, 2012).
En el departamento de Huehuetenango, al 31 de diciembre de 2010, operaban 68 cooperativas. En esta región, el Índice de Desarrollo Humano (IDH) se situaba en 4,35, mientras que el porcentaje de población por encima del nivel de pobreza alcanzaba el 4,40%. Según registros actualizados a diciembre de 2010, el número de asociados en las cooperativas guatemaltecas ascendió a 1.386.627 personas, de las cuales el 58% eran hombres y el 42% mujeres (López & Mora, 2012). El incremento en la participación femenina, aunque leve, representa un dato positivo a considerar en el contexto guatemalteco. Refleja una apertura progresiva hacia la equidad de género dentro del movimiento cooperativo, lo que podría traducirse en mayores oportunidades económicas y sociales para las mujeres. Además, este aspecto resulta particularmente interesante para profundizar en la relación entre el cooperativismo y el empoderamiento femenino, analizando en qué medida la participación en estas organizaciones puede fortalecer la autonomía económica y la toma de decisiones de las mujeres en sus comunidades.

(fig. 1)
Localización geográfica del municipio de Petatán, Huehuetenango, Guatemala.
Fuente: Concejo Municipal de Petatán, Huehuetenango (2018, p. 12).
3.2. Fases metodológicas
El presente estudio se basa en un marco analítico estructurado en cuatro fases, adaptado de la propuesta de Larrauri et al. (2016) y complementado con el enfoque tridimensional del empoderamiento de Oxfam (Lombardini et al., 2017). Estas fases son: (1) Revisión bibliográfica, (2) Herramientas, (3) Recolección de datos, y (4) Análisis cualitativo, las cuales se describen a continuación, como se presenta en la fig. 2.
3.2.1. Fase 1: Revisión bibliográfica
Varios estudios, proyectos de investigación e iniciativas han buscado evaluar y cuantificar el empoderamiento femenino (ver, por ejemplo, Ibrahim & Alkire, 2007 y Malhotra et al., 2002). Los diversos métodos utilizados en este campo muestran tanto una gama de razones para cuantificar este concepto (como la investigación académica, la rendición de cuentas a los donantes, la creación de políticas fundamentadas en evidencias y la búsqueda de enfoques feministas para promover el cambio) como una variedad de opiniones acerca de las técnicas más adecuadas y válidas para su evaluación.
Durante esta fase, se examinó la literatura existente sobre empoderamiento femenino en contextos cooperativos y agrícolas, así como los métodos utilizados para su medición en estudios similares (Larrauri et al. 2016; Lombardini et al., 2017). Esta revisión permitió construir una base conceptual y metodológica para el diseño de indicadores y herramientas adaptadas al caso específico de la cooperativa IX AXOL.

(fig. 2) Estructura metodológica de la
investigación. Fuente: Elaboración propia.
3.2.2. Fase 2: Herramientas
Para el análisis del empoderamiento de las mujeres en la cooperativa, se definieron tres dimensiones clave de análisis: personal, relacional y ambiental, retomando la clasificación propuesta por Oxfam (Lombardini et al., 2017). Esta estructura permite analizar no solo la autonomía individual de las mujeres, sino también su rol dentro de las dinámicas sociales y las condiciones estructurales que influyen en su empoderamiento.
En esta fase, se seleccionaron los indicadores correspondientes a cada dimensión, basándose en las propuestas metodológicas Larrauri et al. (2016), con algunas modificaciones necesarias para el contexto específico de la cooperativa cafetalera analizada. Antes de diseñar los instrumentos de recolección de datos, se incorporó un paso de caracterización de las participantes, recopilando variables sociodemográficas como edad, estado civil, número de hijos, nivel educativo, idiomas hablados, ocupación actual y anterior, rol dentro de la cooperativa, estado de salud y grado de autonomía en la toma de decisiones.
A partir de esta base, se diseñaron las entrevistas semiestructuradas y los talleres participativos, con el fin de caracterizar las trayectorias de vida, percepciones y experiencias de empoderamiento de las socias.
3.2.3. Fase 3: Recolección de datos
Una vez definidos los instrumentos de recolección, se procedió a la implementación en campo mediante entrevistas y talleres participativos. La recolección de información se realizó a través de entrevistas semiestructuradas y talleres participativos.
Se realizaron un total de 20 entrevistas semiestructuradas, dirigidas a socias activas de la cooperativa en formación. La selección de las participantes se hizo mediante un muestreo intencional, tomando en cuenta criterios como la diversidad de edad, experiencia previa en el cultivo de café, grado de participación en las actividades organizativas y rol dentro de la cooperativa. Las entrevistas fueron construidas en torno a las tres dimensiones del empoderamiento (personal, relacional y ambiental), e integradas por preguntas abiertas que facilitaron una exploración profunda de las percepciones, trayectorias y desafíos vividos por las mujeres. Las entrevistas fueron aplicadas de forma individual, en espacios previamente acordados, garantizando la confidencialidad y un ambiente de confianza.
Además, se llevaron a cabo dos ciclos de talleres participativos. El primer ciclo tuvo lugar en febrero de 2025 y fue coordinado por la ONG AMKA Onlus. Se convocó a la totalidad de las 80 mujeres que integran la cooperativa, organizándolas en cuatro grupos de trabajo, aunque la participación efectiva fue de aproximadamente la mitad. Cada grupo contó con una jornada completa de trabajo, estructurada en distintas fases: introducción a los objetivos del taller, identificación de avances y desafíos organizativos, reflexión sobre la participación de las mujeres, y una fase de cierre centrada en la formulación de estrategias para el fortalecimiento de la cooperativa.
Las actividades combinaban dinámicas individuales y grupales, con espacios de plenaria y discusión colectiva. Se incluyeron herramientas como la lectura de relatos (“La Sopa de Piedra”), ejercicios de autoevaluación de capacidades, análisis de escenarios y dinámicas de simulación para explorar la cooperación y la toma de decisiones. Un eje central fue el ejercicio práctico sobre el funcionamiento de la junta directiva, donde se pidió a las participantes que se organizaran en equipos para distribuir tareas bajo presión de tiempo. Posteriormente se discutieron las estrategias adoptadas, los desafíos enfrentados y su relación con la realidad organizativa de la cooperativa.
La recolección de datos durante esta fase se llevó a cabo mediante observación participante, notas de campo y registros escritos de las actividades y debates desarrollados.
En mayo de 2025 se implementó un segundo ciclo de talleres, manteniendo la misma estructura metodológica y grupos de trabajo, con el fin de dar continuidad a lo trabajado anteriormente y explorar nuevas dimensiones del proceso organizativo. Esta vez, las actividades se enfocaron en la relación entre la cooperativa y la comunidad, así como en el fortalecimiento de la comunicación interna. En total, participaron 58 mujeres lo que permitió una representación amplia y diversa dentro de cada grupo de trabajo.
Las participantes reflexionaron colectivamente sobre el concepto de “comunidad” e identificaron los espacios de decisión y comunicación que habitan. Mediante dinámicas de mapeo colectivo, se visualizaron los canales de participación existentes y las barreras que dificultan la implicación plena de las mujeres en la vida comunitaria. También se promovió la elaboración de propuestas para reforzar los vínculos entre la cooperativa y el entorno local, incorporando valores culturales y prácticas ancestrales.
Un segundo eje de trabajo fue la comunicación desde una perspectiva de género. Se realizaron ejercicios simbólicos (como cubrirse la boca, los ojos o las manos) para evidenciar las limitaciones de expresión y su impacto tanto en la vida cotidiana como en la vida organizativa. Las participantes debatieron sobre la importancia de generar espacios seguros de expresión, el acceso a la información, y el papel de la comunicación en los procesos de empoderamiento.
La información recogida incluyó nuevamente observación participante, registros escritos, notas de campo y materiales visuales como fotografías de mapas elaborados durante los talleres. En ambos ciclos, los talleres funcionaron como herramienta de investigación y a la vez como espacios de fortalecimiento interno, donde las mujeres pudieron construir colectivamente sentidos, estrategias y aprendizajes en una etapa clave del proceso de consolidación organizativa.
3.2.4. Fase 4. Análisis cualitativo
Una vez obtenida la información, se realizó un proceso de discusión y validación de los indicadores, con ajustes en función del análisis preliminar de las respuestas, con el fin de garantizar su pertinencia y adecuación al contexto local.
A diferencia del modelo propuesto por Larrauri et al. (2016), que incorpora componentes cuantitativos y comparaciones de género en contextos rurales más consolidados, este estudio opta por un enfoque cualitativo centrado en la comprensión situada de experiencias, vínculos y significados colectivos. Esta decisión metodológica se sustenta en el carácter aún en configuración de la cooperativa y en la necesidad de captar cómo las mujeres resignifican sus trayectorias en un proceso organizativo que apenas comienza a consolidarse. Así, el análisis busca dar cuenta de las dimensiones simbólicas y relacionales del empoderamiento, que suelen quedar fuera de enfoques más estructurados.
Los indicadores utilizados (ver Tabla 1) se dividen en tres categorías principales. La tabla final fue desarrollada de manera propia, adaptando los indicadores a las necesidades específicas de esta investigación.
Empoderamiento personal: satisfacción con la vida, confianza en sí mismas, conocimientos agronómicos, autonomía en la toma de decisiones personales y control sobre sus propios ingresos.
Empoderamiento relacional: participación en la toma de decisiones familiares, implicación en la vida pública y comunitaria, rol en la toma de decisiones dentro de la cooperativa y acceso a derechos laborales.
Empoderamiento ambiental (contextual): acceso a recursos económicos, disponibilidad y control del dinero, participación en decisiones productivas, propiedad de la tierra, acceso a infraestructuras agrícolas y servicios de salud.
Esta estructuración permitió analizar el fenómeno del empoderamiento femenino dentro de la cooperativa de manera multidimensional, garantizando una evaluación más completa y alineada con la realidad local.
A cada una de las veinte entrevistas se asignó un valor de 1 a 5 por cada indicador, permitiendo así una lectura comparativa que combinara la riqueza cualitativa con una sistematización visual de las trayectorias individuales de empoderamiento.
Con el fin de proteger la identidad de las participantes y mantener la claridad metodológica, las citas textuales se presentan mediante un sistema de codificación anónima. Las entrevistas semiestructuradas se identifican con el prefijo “ES” seguido de un número del 1 al 20 (por ejemplo, ES-07), mientras que los talleres participativos se codifican como “TP”, acompañados del número de grupo (1 a 4) y el mes de realización: febrero (F) o mayo (M). Ejemplos: TP-2F, TP-3M.
Tabla 1. Indicadores aplicados para la evaluación del empoderamiento multidimensional
|
Dimensión |
Indicador |
Característica |
Valoración |
|
Personal |
Autoestima |
Grado de satisfacción de vida |
Alto > medio-alto > medio > bajo > muy bajo |
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Confianza en sí misma |
Opiniones sobre el rol económico de la mujer |
Las mujeres perciben su contribución económica como esencial > complementaria > secundaria |
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Conocimiento individual |
Conocimiento y prácticas agrícolas |
Alto conocimiento y aplicación > conocimiento medio > bajo conocimiento |
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Autonomía en la toma de decisiones |
Autonomía en decisiones personales |
Las mujeres realizan actividades: libremente > en consenso con los hombres > con permiso riguroso de los hombres |
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Ingreso personal |
Autonomía de ingresos |
Control total sobre los ingresos > control compartido > sin control |
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Relacional |
Toma de decisiones familiares |
Participación en las decisiones familiares |
Las decisiones son compartidas o las mujeres toman decisiones sin consultar > las mujeres expresan opiniones y tienen influencia > se les pide consejo a las mujeres > las decisiones las toman los hombres |
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Redes sociales |
Participación en la vida pública |
Regularmente > bastante a menudo > a veces > nunca |
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Participación cooperativa |
Rol en la toma de decisiones de la cooperativa |
Las decisiones son compartidas o las mujeres toman decisiones sin consultar > las mujeres expresan opiniones y tienen influencia > se les pide consejo a las mujeres > las decisiones las toman los hombres |
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Propiedad primaria de la tierra |
Propiedad real de las mujeres |
Propiedad real de las mujeres > propiedad formal de las mujeres > propiedad de los hombres |
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Poder de mercado
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Rol en la comercialización del café |
Las mujeres negocian precios y ventas directamente > las mujeres participan indirectamente > los hombres manejan todas las negociaciones |
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Movilidad |
Seguridad en el desplazamiento para el trabajo |
Las mujeres se desplazan libremente > requieren acompañamiento masculino > desplazamiento restringido |
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Ambiental (contextual) |
Acceso a recursos económicos |
Acceso y control del dinero |
Disponibilidad libre > disponible a solicitud > no disponible |
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Toma de decisiones técnico-productivas
|
Participación en la toma de decisiones sobre la producción |
Las decisiones son compartidas o las mujeres toman decisiones sin consultar > las mujeres expresan opiniones y tienen influencia > se les pide consejo a las mujeres > las decisiones las toman los hombres |
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Situación laboral de las mujeres |
Situación laboral que permite el acceso a servicios sociales |
Permite acceso > no permite acceso |
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Acceso a recursos de producción |
Acceso a herramientas agrícolas, crédito e infraestructura |
Acceso total > acceso parcial > sin acceso |
Tabla de elaboración propia a partir de Larrauri et al. (2016).
Los hallazgos obtenidos a través de entrevistas semiestructuradas y talleres participativos, a los que fueron convocadas la totalidad de las mujeres integrantes de la cooperativa, y en los que participó el 73 % de ellas, se han organizado según el marco analítico propuesto, que distingue tres dimensiones del empoderamiento: personal, relacional y contextual-colectiva. Esta estructura permite analizar cómo las dinámicas organizativas emergentes de la cooperativa IX AXOL inciden en la autonomía, la participación y el acceso a recursos de las mujeres en un entorno rural en transformación.
La presentación se divide en dos apartados: el primero explora cómo se expresan los tres niveles de empoderamiento a partir de las experiencias compartidas en la cooperativa; el segundo examina los factores que los condicionan —como el rol organizativo — visibilizando tanto las desigualdades internas como las oportunidades para fortalecer el proceso colectivo.
4.1. Emergencia de tres niveles de empoderamiento
El análisis del empoderamiento medio (fig. 3) permite visibilizar tanto las capacidades actuales como un proceso dinámico en construcción, en el que las mujeres de IX AXOL están comenzando a redefinir sus roles, activar nuevos saberes y construir formas compartidas de organización. Tal como se observa en el gráfico, las dimensiones personal y relacional presentan mayores avances, mientras que el empoderamiento contextual muestra los niveles más bajos. Esta progresión sugiere que el empoderamiento tiende a desplegarse primero a nivel individual —en la autoestima y la conciencia de capacidades— para luego incidir en las relaciones comunitarias y, más lentamente, en las condiciones estructurales. Esta secuencia tiene implicaciones importantes: la transformación personal y relacional puede generar una base de confianza y participación que, a largo plazo, permita cuestionar e intervenir colectivamente sobre las barreras materiales que aún limitan el empoderamiento contextual.

(fig. 3)
Representación del empoderamiento medio en las tres dimensiones analizadas.
Fuente: Elaboración propia.
4.1.1. Empoderamiento personal
Las participantes relataron jornadas que inician entre las 4:00 y 5:00 a.m., con preparación de alimentos, traslado a parcelas a pie, labores de corte, despulpado, lavado y secado del café. Esta autonomía práctica, sin embargo, no siempre se traduce en autonomía decisional o económica. Solo el 16 % de las entrevistadas afirmó tomar decisiones personales de forma completamente libre, mientras que el 50 % lo hace en diálogo con su pareja y el 34 % requiere permiso explícito (TP-2F). Como señaló una participante: “Yo siempre le aviso a mi esposo. Cuando tengo una reunión, él me dice que sí, pero yo le tengo que decir. No me gusta ir sola sin decir nada.” (ES-07)
Aun así, lo que emerge con fuerza es una toma de conciencia progresiva sobre el valor de ese trabajo, una resignificación del propio esfuerzo como aporte legítimo al hogar y al colectivo. Como expresó otra entrevistada: “Yo sé hacerlo, pero me gustaría entender por qué se hace así. No solo repetir lo que siempre se ha hecho, sino aprender más para hacerlo mejor.” (ES-13), señalando no solo curiosidad técnica, sino también una actitud crítica y reflexiva frente a prácticas heredadas.
A pesar de contar con una profunda experiencia empírica, persiste una demanda colectiva por formación técnica estructurada en temas como la producción sostenible, la mejora de la calidad del café y la gestión cooperativa (TP-1M). Este deseo de aprender aparece como uno de los motores del empoderamiento personal, incluso cuando la autonomía práctica aún no se traduce plenamente en poder decisional.
En este sentido, estudios recientes han evidenciado cómo la formación técnica situada y el reconocimiento simbólico del trabajo agrícola desempeñan un rol central en el fortalecimiento de la agencia individual, particularmente en contextos donde las mujeres carecen de propiedad sobre la tierra o de ingresos estables. Msosa (2022), analizando experiencias de cooperativas en África Austral, destaca que el aprendizaje técnico no solo incrementa el rendimiento productivo, sino que refuerza la autoconfianza y la legitimación del rol femenino en el espacio económico local. De forma complementaria, Mehra y Rojas (2008) subrayan que la valorización del conocimiento local y la inclusión activa de las mujeres en esquemas de formación técnica puede transformar su autoimagen y abrir nuevas posibilidades de agencia, incluso cuando los marcos estructurales permanecen limitantes.
Como advierte León (2001), el empoderamiento implica una transformación subjetiva basada en el reconocimiento de la propia valía y en el fortalecimiento de la autoestima. En este caso, el contexto organizativo ha comenzado a generar esas condiciones simbólicas que permiten la emergencia de nuevas subjetividades.
Este nivel muestra una fuerte emergencia del deseo de aprender y de resignificación del rol productivo, aunque con limitada autonomía decisional.
4.1.2. Empoderamiento relacional
La elevada participación en espacios cooperativos se presenta entonces no solo como un dato cuantitativo, sino como un indicador de apropiación progresiva del proyecto colectivo, que a su vez alimenta el empoderamiento relacional de las mujeres. En este plano, el proceso cooperativo ha actuado como una plataforma para experimentar nuevas formas de interacción. La participación en decisiones técnicas, los ejercicios colectivos durante los talleres y el involucramiento en redes comunitarias están generando una transformación de los vínculos tradicionales, antes centrados en la obediencia o la delegación.
Frases como “si no participamos, otros lo harán por nosotras” (TP-1M) reflejan una conciencia emergente del poder de la palabra y de la necesidad de estar presentes en los espacios donde se definen los rumbos del grupo.
Durante los talleres de mayo, se realizó un ejercicio simbólico en el que algunas mujeres tenían los ojos vendados, las manos atadas o la boca tapada, simulando restricciones comunes en la vida real. Las participantes expresaron frustración, impotencia e incomodidad, facilitando una conexión directa con las barreras simbólicas y estructurales que enfrentan cotidianamente (TP-1M, TP-2M, TP-3M). Este tipo de análisis coincide con lo planteado por Bilfield et al. (2020), quienes enfatizan la centralidad de los espacios de expresión y escucha activa como condiciones básicas del empoderamiento relacional.
Aunque el 37 % expresó incomodidad al intervenir en espacios formales, muchas están tomando el riesgo de hablar en público, asumir roles administrativos o representar a sus compañeras. “Nunca me gustó hacer actas, pero ahora tengo que hacerlo. Es difícil... pero por ahí va” (ES-05), expresó una de ellas. También otra, a pesar de su formación académica, reconoció: “Me cuesta hablar frente a muchos, pero estoy aprendiendo en cada capacitación” (ES-04). Msosa (2022) sugiere que estas limitaciones son comunes en cooperativas en formación, donde el liderazgo tiende a concentrarse en pocas personas y las estructuras de poder son todavía frágiles o informales.
En este sentido, IX AXOL funciona como una escuela política informal: un espacio donde se ensayan nuevas formas de estar juntas, se legitima la voz de cada una y se multiplican los aprendizajes a través de la práctica. Por otro lado, se identificó una fuerte presencia en redes sociales informales. La mayoría de las mujeres (74%) participa regularmente en espacios religiosos o de salud, construyendo así un capital social significativo, aunque no institucionalizado. Este tipo de redes, como indican Salvador et al. (2018), puede convertirse en un recurso estratégico para la movilización colectiva y la negociación comunitaria.
También Mehra y Rojas (2008) subrayan el papel clave de estas redes, especialmente en contextos donde los recursos formales son escasos. Señalan que los talleres, las asociaciones espontáneas y los espacios de intercambio solidario generan un capital relacional que fortalece el empoderamiento desde abajo, potenciando la cohesión y la capacidad de acción colectiva.
Aquí se evidencia un salto relacional a través de la participación activa en espacios colectivos, que impulsa el surgimiento de liderazgos incipientes.
4.1.3. Empoderamiento ambiental\contextual
Desde el nivel contextual, los límites estructurales siguen siendo severos: acceso restringido a tierra, agua, herramientas, empleo formal o apoyos institucionales. Solo el 5 % de las mujeres entrevistadas declaró tener una situación laboral que les permite el acceso a servicios sociales, y menos del 10 % afirmó contar con propiedad plena sobre la tierra que trabaja. Asimismo, el 87 % reportó tener solo acceso parcial o nulo a herramientas agrícolas, agua o caminos adecuados, sumado a una completa ausencia de apoyo o subsidios estatales.
Sin embargo, frente a esta precariedad, emergen estrategias autónomas de sostenibilidad, como la cría de animales, la producción de abono o la reforestación voluntaria de parcelas (ES-03, ES-04, ES-20). Estas prácticas, aunque aún aisladas, indican una capacidad de adaptación ambiental y económica que empieza a vincularse con valores colectivos de cuidado y permanencia. Como señala una entrevistada: “Aquí arriba no hay agua, tenemos que cargarla para fumigar” (ES-01).
Tal como subraya Rico (2011), el acceso y control sobre los recursos productivos tiene implicaciones directas no solo en la capacidad económica de las mujeres, sino también en su reconocimiento como actoras sociales con voz y poder en sus comunidades.
En esta línea, Mehra y Rojas (2008) sostienen que el empoderamiento económico en entornos rurales no depende exclusivamente de la propiedad de los medios de producción, sino de la capacidad colectiva para generar estrategias sostenibles, apropiadas y culturalmente significativas. Esta visión amplía el concepto de empoderamiento contextual, incluyendo dimensiones como la resiliencia local, la gestión ecológica del territorio y la participación en mercados justos.
En contraste, el empoderamiento contextual sigue siendo el más limitado, reflejando barreras estructurales persistentes que requieren acompañamiento externo.
Msosa (2022) coincide en que la falta de acceso a tierra y servicios básicos puede limitar severamente las posibilidades de incidencia estructural de las cooperativas de mujeres. No obstante, subraya que en contextos de alta cohesión organizativa y liderazgo distribuido, las mujeres tienden a construir formas alternativas de poder contextual, a través de la colaboración con redes externas, la exigencia de derechos colectivos y la articulación con agendas locales de desarrollo.
En conjunto, los hallazgos muestran que el empoderamiento en IX AXOL se despliega de manera secuencial: emergen primero transformaciones en la autopercepción y en la confianza personal, luego se consolidan vínculos relacionales que favorecen la participación colectiva, y por último, aunque con mayores obstáculos, comienzan a activarse estrategias de sostenibilidad en el plano contextual. Esta progresión sugiere que los procesos organizativos pueden catalizar cambios significativos desde lo simbólico hacia lo estructural, siempre que existan espacios seguros, acompañamiento técnico y marcos de acción compartidos.
4.2. Factores condicionantes
El camino no está libre de obstáculos. Los procesos de empoderamiento que se están gestando en IX AXOL se desarrollan en un contexto complejo, atravesado por barreras estructurales, simbólicas y organizativas que limitan su avance. Sin embargo, también emergen factores facilitadores que, desde lo colectivo, contribuyen a la construcción de nuevas capacidades individuales y compartidas.
Desde el plano personal, once de las veinte mujeres entrevistadas expresaron inseguridad para hablar en público o asumir responsabilidades organizativas, lo cual fue atribuido a la falta de experiencia previa, bajo nivel educativo formal y temor al juicio social. Tal como documentan Accerenzi y Duke (2023) en Honduras y Pedroza-Gutiérrez et al. (2024) en México, estos factores son comunes en contextos rurales donde las mujeres, a pesar de su rol central en la producción, no son reconocidas como sujetas políticas o económicas. Hernández et al. (2023) muestran que en Guatemala esta invisibilización repercute negativamente en la autoestima y en el acceso a servicios de apoyo.
En este contexto, los espacios creados dentro de la cooperativa han comenzado a actuar como escenarios de validación simbólica y de construcción de agencia colectiva. Es decir, espacios donde las mujeres se sienten legitimadas para expresar sus ideas, reconocerse como sujetas activas y proyectar aspiraciones. Los talleres participativos, en particular, se han consolidado como puntos de inflexión donde las participantes pueden verbalizar dudas, compartir miedos y formular metas comunes, generando un entorno de confianza que no depende de la acumulación de saberes, sino del reconocimiento mutuo. Pedroza-Gutiérrez et al. (2024) destacan que el empoderamiento personal no depende exclusivamente de las capacidades técnicas, sino de contextos que estimulan el reconocimiento simbólico y la construcción de confianza entre pares.
Ahora bien, ciertos factores organizativos y contextuales permiten observar con mayor claridad las desigualdades internas que atraviesan la experiencia colectiva, incluso en contextos de participación activa.
4.2.1. Liderazgo y empoderamiento
La Figura 4 muestra una clara diferencia entre las mujeres que han ocupado cargos directivos o roles visibles en comités y aquellas que no. De las veinte entrevistadas, nueve han tenido responsabilidades formales, y sus puntuaciones en indicadores clave —participación cooperativa, redes sociales, toma de decisiones, autonomía económica y conocimiento técnico— son consistentemente superiores al promedio del grupo.
Este patrón sugiere que el ejercicio del liderazgo actúa como un catalizador de empoderamiento, tanto por las habilidades adquiridas como por la legitimación simbólica que conlleva. Asumir un rol organizativo no solo implica una función operativa, sino también un reconocimiento colectivo que refuerza la autoestima y la percepción de pertenencia. “Al principio tenía miedo, pero ahora me piden que hable por el grupo. Me siento diferente” (ES-06), expresó una de las entrevistadas.
Los relatos recogidos muestran que muchas de estas mujeres asumieron cargos con temor, inseguridad o sin experiencia, y fue precisamente a través de esa participación que se fortalecieron. En este sentido, el espacio cooperativo no solo reconoce capacidades previas, sino que ayuda a desarrollarlas y fortalecerlas con la práctica.
Esto coincide con lo planteado por Msosa (2022), quien observa que en las cooperativas femeninas el liderazgo tiende a emerger de forma informal y situada, y que muchas veces no se basa en la experiencia previa sino en la disposición relacional, el compromiso con el colectivo y la confianza construida entre pares. Estos liderazgos emergentes son frágiles, pero representan una vía crítica para democratizar la toma de decisiones y redistribuir el poder organizativo desde etapas tempranas.
Asimismo, Mehra y Rojas (2008) argumentan que las iniciativas lideradas por mujeres suelen enfrentar resistencias tanto externas como internas, lo cual hace necesario diseñar mecanismos intencionales para fomentar la rotación de cargos, evitar la sobrecarga de responsabilidades y cultivar habilidades organizativas desde una pedagogía del acompañamiento.
En contraste, las once mujeres que no han ocupado cargos reportaron niveles más bajos en autonomía económica, movilidad, acceso a recursos y autoestima. Esta brecha evidencia que, aunque la cooperativa promueve la participación, es necesario establecer mecanismos intencionales para asegurar la rotación de cargos, la capacitación equitativa y la inclusión de todas las socias. Como advierte también Salvador et al. (2018), sin estos dispositivos de inclusión, las estructuras cooperativas pueden reproducir lógicas jerárquicas y exclusiones internas, incluso en espacios autogestionados.

(fig. 4)
Comparación de niveles de empoderamiento según el rol organizativo dentro de la
cooperativa. Fuente: Elaboración propia.
4.2.2. Otros factores de impacto
El liderazgo no es el único factor que influye en las trayectorias de empoderamiento. Existen otros elementos que configuran desigualdades internas y oportunidades diferenciadas, los cuales se abordan a continuación desde una mirada situada.
El proceso de empoderamiento vivido por las mujeres de IX AXOL no transcurre de forma homogénea, ni sigue una trayectoria lineal. Las entrevistas revelan un conjunto de factores diferenciales —individuales, relacionales y contextuales— que inciden de forma diversa sobre las capacidades de agencia, configurando un campo complejo de oportunidades y restricciones. Estos factores se entrelazan con los niveles analizados previamente, pero permiten ampliar la comprensión del empoderamiento desde una perspectiva situada, atenta a las trayectorias vitales, los condicionantes materiales y las disposiciones subjetivas.
Uno de los aspectos más mencionados por las mujeres es el acceso a la tierra. Tener una parcela propia, otorga no solo ventajas productivas, sino también un reconocimiento simbólico que refuerza su voz en las decisiones familiares. “Desde que tengo mi partecita, ahora sí me consultan para sembrar” (ES-13), relató una de las participantes, vinculando claramente la tenencia con su posicionamiento en el hogar. Sin embargo, este efecto no se presenta de manera automática: mujeres sin propiedad formal han logrado también niveles altos de participación y empoderamiento, gracias a dinámicas familiares abiertas o a un fuerte compromiso organizativo. En ese sentido, como advierten Dohmwirth y Liu (2020), el acceso a recursos productivos es condición necesaria, pero no suficiente: debe ir acompañado de marcos de acción colectiva que habiliten el ejercicio real de poder. En esa línea, Mehra y Rojas (2008) subrayan que el empoderamiento económico de las mujeres rurales no depende únicamente de la propiedad de activos, sino de su capacidad para convertir esos activos en oportunidades concretas a través del trabajo organizativo, el reconocimiento social y la participación efectiva.
La situación conyugal también influye notablemente. Las mujeres que viven solas —por separación, viudez o decisión propia— describen procesos más rápidos de toma de decisiones, aunque no exentos de desafíos. “Me toca sola, sin ayuda. Pero me siento orgullosa de lo que he logrado” (ES-15), afirmó una de ellas, reconociendo que la autonomía fue en parte impuesta, pero también asumida con convicción. Esta experiencia confirma lo planteado por Rowlands (1997), quien sostiene que el empoderamiento puede surgir desde la gestión del entorno inmediato, aun en contextos de precariedad estructural.
Otro aspecto diferencial es el nivel de formación. Las mujeres con estudios medios o experiencia en otras organizaciones presentan mayor claridad a la hora de expresarse, cuestionar normas heredadas y proponer nuevas formas de actuar. Una participante señaló: “Yo trabajé antes en un grupo de mujeres... ahí aprendí cómo organizarnos, cómo tomar decisiones” (ES-04), evidenciando cómo el capital organizativo previo puede actuar como acelerador del liderazgo. Tal como subraya Pedroza-Gutiérrez et al. (2024), los espacios formativos anteriores potencian la capacidad de agencia en procesos emergentes, incluso cuando no se cuenta con recursos materiales sólidos.
La edad también introduce matices relevantes. Las mujeres jóvenes tienden a mostrarse más abiertas a asumir funciones administrativas o técnicas dentro de la cooperativa. “Quiero aprender a llevar cuentas, porque quiero estar en la directiva algún día” (ES-03), expresó con entusiasmo una de las entrevistadas más jóvenes. En cambio, algunas mujeres mayores manifestaron mayor resistencia al cambio o inseguridad al hablar en público: “Yo vengo, ayudo, pero eso de hablar delante de todos me cuesta todavía” (ES-17). Esta diversidad generacional no es un obstáculo, sino una oportunidad de aprendizaje colectivo, en la que la cooperativa puede actuar como espacio de intercambio intergeneracional.
Estas diferencias personales se desarrollan, además, en un contexto estructuralmente limitado. Las barreras materiales son constantes: falta de agua, caminos intransitables, ausencia de apoyos técnicos o institucionales. De hecho, el 78 % de las entrevistadas mencionó directamente obstáculos relacionados con el acceso a recursos básicos para la producción o el bienestar.
A pesar de ello, también emergen oportunidades. La disposición colectiva al aprendizaje, la alta participación en talleres y actividades organizativas, y la voluntad de construir algo propio, fortalecen el poder relacional y proyectan una transformación más allá del espacio productivo. “Aunque no sabemos todo, estamos aprendiendo juntas y eso nos hace fuertes” (TP-2M), se compartió durante uno de los talleres. Este deseo de crecer colectivamente refuerza lo señalado por Esteban Salvador et al. (2018), para quienes las cooperativas lideradas por mujeres constituyen espacios privilegiados para la democratización desde lo local.
En varios relatos, además, participar en la cooperativa ha significado para muchas mujeres abrir un espacio propio, distinto de las obligaciones familiares o domésticas. No se trata solo de aprender o producir, sino también de sentirse con derecho a un tiempo para sí mismas. “Me gusta venir aquí porque es diferente, porque siento que es tiempo para mí” (ES-13), expresó una de ellas. Estas experiencias, aunque sutiles, reflejan un cambio simbólico profundo: la recuperación del tiempo como dimensión del empoderamiento, vinculada al reconocimiento, al descanso y al deseo. Tal como recuerdan Bilfield et al. (2020), los beneficios del empoderamiento no se limitan a los recursos tangibles, sino que incluyen también el acceso a espacios históricamente negados, como el ocio, la expresión personal y el bienestar emocional.
En síntesis, el empoderamiento en IX AXOL no puede entenderse como un proceso uniforme, sino como una trayectoria múltiple, situada y relacional, en la que las mujeres avanzan desde posiciones distintas, enfrentando barreras estructurales, pero también habilitando nuevas formas de participación activa, toma de decisiones y transformación de sus propios entornos. Reconocer estas condiciones diferenciales no implica fragmentar el análisis, sino visibilizar la riqueza de los procesos emergentes: una construcción colectiva en movimiento, que parte del deseo, se sostiene en el vínculo, y proyecta un horizonte de transformación social desde lo cotidiano.
Este estudio se centra en una cooperativa en una fase inicial de consolidación organizativa, lo que permitió analizar los procesos de empoderamiento en un momento en el que aún se están configurando relaciones, liderazgos y marcos de acción compartidos. A través de un enfoque cualitativo y participativo fue posible identificar trayectorias de cambio, barreras persistentes y factores que facilitan la construcción del empoderamiento colectivo en lo cotidiano.
Los hallazgos muestran que el empoderamiento no es un estado, sino un proceso dinámico e interrelacional, que se construye desde la experiencia individual hacia lo colectivo. Las mujeres entrevistadas expresaron avances en términos de autoconfianza, conocimiento técnico y participación comunitaria, aunque persisten obstáculos ligados a desigualdades estructurales, roles de género tradicionales y acceso desigual a recursos. La cooperativa, como espacio organizativo emergente, está actuando como catalizador de estos procesos, habilitando formas incipientes de reconocimiento, aprendizaje y posicionamiento activo en los espacios de toma de decisiones personales y colectivas. Tal como señalan Bilfield et al. (2020), los beneficios intangibles derivados de la acción colectiva, como la autoestima, el liderazgo y el sentido de autonomía, son tan relevantes como los materiales en los procesos de empoderamiento.
La cooperativa IX AXOL se encuentra en una etapa temprana de formalización, pero los avances observados hasta el momento evidencian un impacto concreto en la generación de cohesión interna, el fortalecimiento de liderazgos emergentes y la formulación de principios organizativos comunes. Su misión institucional, que incluye “impulsar el liderazgo, la participación activa y el empoderamiento económico de las mujeres”, orienta la acción colectiva hacia un modelo que promueve la equidad, la justicia social y la dignidad desde sus primeros pasos.
Desde el punto de vista metodológico, el enfoque participativo permitió no solo recoger información situada, sino también generar espacios de reflexión colectiva que fortalecieron la conciencia organizativa y el reconocimiento simbólico entre las integrantes. Este aspecto es especialmente relevante en contextos donde los procesos organizativos emergentes aún están en construcción y requieren de mecanismos inclusivos y horizontales para consolidarse.
Los logros colectivos, aunque aún modestos, han sido fundamentales para generar un sentimiento de pertenencia y delinear una identidad compartida basada en la colaboración. En esta fase, en la que el vínculo entre las integrantes se estructura principalmente alrededor del trabajo productivo, se vuelve esencial avanzar hacia la construcción de una visión colectiva que trascienda lo económico. La formulación explícita de principios como la equidad y la justicia desde el inicio actúa como guía para alinear la acción cooperativa con valores organizativos sostenibles.
Dado el carácter multidimensional del empoderamiento, la cooperativa actúa como un espacio donde se entrelazan dimensiones personales, relacionales y estructurales. Estudiar estos procesos desde su emergencia permite comprender cómo las dinámicas incipientes configuran no solo las trayectorias individuales de las mujeres, sino también las bases sobre las cuales se construye el empoderamiento colectivo.
A partir de esta experiencia, proponemos una hipótesis interpretativa que concibe el empoderamiento en contextos organizativos incipientes como un proceso progresivo, relacional y no lineal, articulado en tres dimensiones entrelazadas. La dimensión personal constituye el punto de partida, donde se manifiestan transformaciones subjetivas como la autoconfianza, el reconocimiento de capacidades y la toma de conciencia. Esta da paso a la dimensión relacional, en la que se consolidan vínculos horizontales, redes de apoyo mutuo y formas tempranas de liderazgo compartido. Finalmente, la dimensión contextual se expresa en la capacidad de incidir colectivamente en las estructuras organizativas y comunitarias, generando cambios sostenibles.
Esta secuencia —de lo personal a lo relacional y posteriormente a lo contextual— representa uno de los principales aportes teóricos del estudio, ya que ofrece un marco analítico útil para comprender cómo se configura el poder colectivo en organizaciones rurales nacientes, donde las estructuras aún están en proceso de definición.
No obstante, los hallazgos deben leerse considerando ciertas limitaciones. La duración acotada del trabajo de campo impidió observar los efectos a largo plazo del proceso organizativo, lo cual es especialmente relevante tratándose de fenómenos progresivos como el empoderamiento. Para futuras investigaciones, se sugiere implementar un esquema de acompañamiento continuo que permita monitorear la evolución de las capacidades individuales y colectivas de las socias. Tal como destacan Hernández et al. (2023), el seguimiento sostenido en el tiempo es clave para identificar factores de sostenibilidad y transformación real en contextos rurales.
La experiencia analizada permite identificar una serie de orientaciones útiles para acompañar procesos organizativos en etapas iniciales. En primer lugar, resulta clave reconocer la diversidad de trayectorias y condiciones entre las participantes, generando espacios donde puedan expresarse sin temor y desde sus propias realidades. La formación técnica, cuando es situada y accesible, puede convertirse en un punto de encuentro entre saberes previos y nuevas competencias, favoreciendo así la apropiación progresiva del proyecto colectivo. Asimismo, la rotación de responsabilidades y la promoción de liderazgos distribuidos pueden prevenir la concentración de poder en fases tempranas y fomentar una gobernanza más inclusiva. Finalmente, el acompañamiento externo —sin sustituir la toma de decisiones del grupo— puede aportar recursos, metodologías y espacios de reflexión que fortalezcan la autonomía organizativa a mediano plazo. Más que establecer un modelo, estas orientaciones buscan ofrecer elementos que otras mujeres u organizaciones puedan adaptar a sus propios procesos, según sus contextos y objetivos.
Los autores cuyos nombres están al inicio del presente artículo certifican que NO tienen ningún conflicto de interés directo o indirecto con los/las editores/as o miembros del equipo editorial o del comité científico de la Revista de Estudios Cooperativos, REVESCO.
De acuerdo con los criterios de CRediT (CRediT – Contributor Roles Taxonomy(niso.org)) establecidos en la política de autoría de la revista (Authorship Policy | REVESCO. Revista de Estudios Cooperativos (ucm.es)), los tres autores han contribuido equitativamente al desarrollo de este trabajo.
Agradecemos sinceramente a las mujeres de la cooperativa IX AXOL por su generosa participación y disposición durante el trabajo de campo, así como a AMKA Onlus por el apoyo logístico y el acompañamiento en territorio. Extendemos también nuestro agradecimiento a todas las personas e instituciones que, de diversas formas, contribuyeron al desarrollo de esta investigación.
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